-¿Qué es este lugar? -me preguntó ella mientras cruzábamos el pasillo lentamente.
Pude sentir su mirada sobre mi piel con la misma intensidad que si hubiera apoyado la palma de su mano sobre mi mejilla. Pero lo cierto era que, pese a su evidente curiosidad, yo no tenía una respuesta exacta a su pregunta. Desvié la mirada hacia mi compañera por primera vez, y mis ojos se encontraron con los suyos, dejándome leer en su rostro, y de forma ahora irrevocable, no solo la curiosidad, si no también el temor y la duda que yo había creído percibir en ella.
En ese breve instante pude vestirme con su piel, entender como aquel paseo por oscuros y estrechos pasillos con la única compañía de una desconocida había instalado el temor en ella. Sonreí interiormente, evitando mostrarlo en mis labios, ante aquel pensamiento estúpido.
-Supongo que no te corregiría si dijeras que este lugar soy yo -alcancé a contestar mostrándole por primera vez mi voz.
La mujer desconocida que se encontraba a mi lado frunció el ceño, y creí ver como miraba a uno y otro lado del pasadizo, como buscando una posible vía de escape.
-Nada ni nadie te retiene aquí -le recordé en el mismo instante en que llegábamos frente a la puerta que tanto tiempo había pasado cerrada. Ella relajó su expresión al tomar conciencia de mis palabras, y yo volví la vista hacia el pomo dorado. Lo tomé con mi mano derecha y permanecí así durante unos instantes que me resultaron eternos. En lo más hondo de mi ser despertó el pánico olvidado, y mi mano, pese a no abandonar su fuerza, tembló alrededor del frío metal. Era como si una voz interna me avisara de que no podría abrir esa puerta, pese a saber que solo yo podía hacerlo. O tal vez esa voz lo supiera tanto como yo, e intentara evitarlo...
Pero mi mano recuperó su firmeza y giró el pomo con decisión. La puerta, aunque extremadamente vieja y deteriorada, se abrió en silencio, descubriendo en su interior lo que yo esperaba encontrar.
Justo en medio de la diminuta habitación se encontraba una única mesa negra. Las cuatro paredes, igualmente oscuras, no contaban con ninguna abertura. Y aún así la pequeña estancia estaba intensamente iluminada. Como siempre.
-La luz... -susurró mi compañera, que me había seguido hacia el interior sin necesidad de ser invitada-. proviene de ahí... -dijo señalando la esfera negra que reposaba sobre la mesa.
-Sí -contesté asintiendo una sola vez-. Ésa es mi Esfera Negra.
-¿Tu esf...?
Alcé mi mano derecha para apagar sus palabras, y me acerqué a la mesa. Tomé la fría esfera entre mis manos y la observé un segundo, lamentando la confirmación de todas mis sospechas.
En ese momento me pregunté cómo debía ser la Esfera de mi compañera, o si por lo contrario sería un cubo. Tal vez fuera roja o violeta. En cualquier caso, la confusión de sus palabras demostraba que aún no la había conocido.
La mía, negra, estaba compuesta por diminutas piezas que se acoplaban entre ellas como si de un rompecabezas se tratase. Todas ellas, de diferentes formas y texturas, se montaban unas sobre otras hasta formar estrechamente mi pequeña esfera.
Pero algunas de aquellas piezas ya no eran negras, si no blancas y azules, y tampoco conservaban su forma original, deformando el delicado contorno de la esfera.
Tomé una de las piezas azules entre mis dedos índice y pulgar con cuidado, y mi compañera me frenó asustada.
-Esa pieza está en el centro... forma parte del eje -murmuró casi en un suspiro-. Si la sacas se desmoronará el resto.
-No te preocupes por mí -le dije, y tiré con suavidad.
La pieza cayó sobre la mesa con un sonido metálico, y pude sentir una punzada de dolor en la espalda. Pero la esfera no se despedazó. Continué retirando cada una de las piezas que no conservaban su color negro ante la mirada angustiada de la mujer, soportando en silencio cada nueva punzada. La última pieza que retiré, blanca, pude sentirla como una puñalada en el pecho, y mis rodillas se doblaron. Mi compañera se avalanzó sobre mí, pero yo me apresuré a incorporarme, y respiré hondo observando como mi Esfera, pese a tener ahora varios agujeros, volvía a ser íntegramente negra. Sonreí y volví a dejarla con suavidad sobre la mesa. Mi compañera ya me esperaba en el pasillo, y yo volví a su lado, cerrando la puerta detrás de mí, y cruzando el pasillo de vuelta.