Gara es mi única nieta. De pequeña le gustaba que yo fuera la última en darle las buenas noches, y siempre me hacía la misma petición.
-Abuela, cuéntame la historia de cuando la tía Sara fue a buscarte al hospital.
-No es una buena historia para ir a dormir Gara, ya lo sabes –le decía yo día tras día. Ella permanecía impasible, me miraba fijamente y se acomodaba sobre la almohada.
-Cuéntamela.
-Está bien –acababa cediendo una y otra vez-. Todo comenzó con el accidente que tuvimos tu tía Sara y yo. Ella salió ilesa, pero yo perdí las dos manos, como ya sabes. Después de la amputación y de la recuperación posterior no podía volver a conducir, así que tu tía Sara vino a buscarme.
Hice una pausa antes de decidir si debía seguir o no, pero como cada noche, Gara me miraba en silencio, sin apenas pestañear. Como si no supiera lo que venía a continuación.
-Cuando entró en la habitación, Sara pisó los cristales que había en el suelo e inmediatamente buscó mi mirada desde el otro lado de la habitación. “Ya podemos irnos a casa mamá, ¿estás lista?” me dijo restando importancia a los cristales.
-Explícame lo que le dijiste tú, abuela.
-No es una buena historia para ir a dormir…
-Explícamelo.
-Le dije… -volví a parar, pero Gara continuaba expectante-. Lo que le dije fue: “He intentado beber agua y se me ha caído el vaso. No he podido sujetarlo y se me ha caído, y no puedo recoger los cristales sin manos, no tengo dedos para coger los pedazos, ni para aguantar el palo de una escoba. Los médicos me dicen que aprenderé a hacer todo de nuevo, de una forma distinta, pero no he podido ducharme sin ayuda ni una sola vez desde la operación. No puedo comer sola, ni sostener un libro. No puedo abrir la puerta. No puedo peinarme ni lavarme los dientes. No puedo apretar los botones del mando a distancia. Ni las teclas del teléfono. Ya no puedo escribir ni pintar. Ya no puedo hacer nada. No tengo manos Sara”. Entonces tu tía me ayudó a levantarme de la cama y a vestirme, y nos marchamos a casa.
-¿Echas de menos tu viejo piano, abuela?
Gara y yo nos miramos fijamente, emocionadas una vez más, y ella apoyó su diminuta manita sobre el muñón en el que acababa mi brazo derecho.
-Muchísimo.
-Buenas noches abuela.
-Buenas noches, pequeña.