Alma se limitaba a permanecer sentada en un banco de frío acero mientras observaba como sus botas nuevas eran cubiertas, muy lentamente, por pequeños y curiosos copos de nieve que, recién nacidos, daban fin a su vida al posarse sobre aquellas suaves punteras de piel sintética.
Sabía que debía levantarse y evitar que se estropeara el brillo de su nuevo par de botas, pero algo le decía que debía permanecer allí, y esperar la llegada de algo. O de alguien.
Mientras continuaba sumergida entre aquellos efímeros copos de nieve, Alma sintió una presencia, la presión de una mirada sobre su nuca. Levantó la vista lentamente y comprobó que nadie le prestaba especial atención, pero la estación de tren se había llenado de personas que ya cubrían el andén, a la espera del tren de las 10.35, cuyo vapor se percibía unos pocos metros más allá. Alma observó con mirada derrotada como el tren paraba frente a ella y un enorme desfile de gente subía y bajaba de éste. Se preguntó a sí misma si debería tomar ese tren, si ese era el motivo de aquella desconcertante espera. Pero aún no había tomado una decisión cuando el último de los larguísimos vagones pasó frente a ella, dejándola de nuevo en la nada. Alma respiró lentamente y volvió la vista hacia sus pies, ahora completamente ocultos bajo la nieve. Quiso moverlos y sacudir la capa blanca que los cubría, pero al observar aquella cubierta espumosa sintió como cada uno de aquellos copos de nieve reposaba plácidamente, en un sueño profundo que los consumiría definitivamente de forma indolora. Y decidió permanecer totalmente inmóvil con tal de no importunarlos.
-Perdona, ¿tienes fuego? –susurró una voz joven y masculina frente a ella, y Alma negó con la cabeza sin mirar al hombre.
El joven se encogió de hombros y volvió a guardar el cigarrillo, ya que su tren llegaba a la estación, y debía tomarlo para llegar a tiempo a casa, junto a su esposa.
Alma levantó la vista casi temerosamente justo para ver como la lacia y lisa cabellera, recogida en una coleta, del joven, desaparecía tras las puertas del tren. Miró fijamente aquella puerta por la que el hombre había desaparecido, y ésta desapareció lentamente de su vista mientras el segundo tren se marchaba para no volver.
Alma suspiró y decidió que ya había tenido suficiente. No había allí nada ni nadie para ella, y jamás debería haberse sentado a esperar en aquella estación. Tan sencillo como eso.
Agachó la cabeza para coger aire y mirar por última vez aquellos copos de nieve que le habían servido como única compañía y, disculpándose, apoyó ambas manos sobre el banco empapado y se incorporó. Pero algo, o prácticamente todo, cambió en cuanto Alma miró al frente: la estación había desaparecido por completo, y con ella las vías, el enorme reloj que colgaba junto a la puerta y el banco en el que había perdido tanto tiempo. En lugar de todo aquello, lo que Alma encontró a su alrededor fue arena. Metros, kilómetros de arena sin fin que se extendían de norte a sur y de este a oeste, aislándola justo en el centro de un desierto inacabable. Alma miró a su alrededor desconcertada, sentía calor y miedo, y no comprendía qué estaba ocurriendo. Si aquello era lo que había venido a buscar, definitivamente no lo comprendía, y lo único que le proporcionaba era un enorme pánico que le oprimía el pecho y no le dejaba respirar. Creyó percibir una tenue estela de vapor hacia el este, muy a lo lejos, y se preguntó si aquel sería el tren del joven de la melena negro azabache. Pero eso ya nunca podría saberlo.
Y entonces miró de nuevo sus botas y comprobó como, pese a encontrarse completamente rodeada de fina y ardiente arena, sus botas continuaban cubiertas de una delgada e inocente capa de nieve blanca que parecía sonreírle a sus pies. Y Alma respiró de nuevo, aliviada, al descubrir el objetivo de su espera.