Sabía que si cerraba los ojos todo aquello desaparecería. Un simple pestañeo desvanecería todo lo que me envolvía: la temperatura tibia de sus manos, el dulce olor de su piel, el sonido de su voz... Cerrar los ojos supondría la pérdida de aquella sensación de calidez que me envolvía cuando estaba junto a él.
Así que decidí que jamás volvería a cerrar los ojos. No mientras él estuviera a mi lado.
Aquel verano el calor se había vuelto más insoportable que nunca. Había arrancado sus raíces de la tierra helada de febrero, liberando cada una de sus extremidades para, en décimas de segundo, abrazarnos y abrasarnos sin reparos, sin piedad... El abrazo del calor era casi mortífero, pero no me importaba en absoluto. Jamás habría sustituido la tibieza de su piel por darle un ínfimo respiro a la mía.
Él había decidido que tampoco podía prescindir de aquello, y combatió el calor despojándose de su camiseta negra, aquella que tanto me gustaba cuando se aferraba al contorno de su cuerpo con una necesidad casi enfermiza. Envidiaba la forma en que aquella prenda se amoldaba a su piel.
Pero esta vez él había preferido el molde de mis brazos que el del algodón negro de mi camiseta favorita. Y yo jamás me había amoldado a alguien como lo hacía con él.
Me deslicé sobre el sofá de cuero acercándome lentamente a aquella piel de caramelo mientras él era plenamente consciente de como me inclinaba sobre su cuerpo. Mantenía sus ojos cerrados y respiraba pausadamente, sintiéndome a su lado casi tan intensamente como yo le sentía a él. Lentamente mi cuerpo llegó al suyo, y una tímida sonrisa curvó sus labios carnosos y adictivos, mientras sus párpados temblorosos continuaban cerrados a la espera del momento exacto en que debieran abrirse para juntar nuestras miradas.
Mi mano se deslizó casi por voluntad propia, acariciando lentamente la piel aterciopelada de su espalda. Luché por creer que mi cuerpo se movía por voluntad propia hacia él. Pero negarme a mí misma la necesidad de su calor era la mayor de las falacias. Mis ojos lucharon por cerrarse, por aferrarse a aquella caricia, por olvidar todas las imágenes y concentrarse solo en su tacto y en su olor. En aquel olor que habría reconocido entre miles de aromas diferentes. Pero no cedí a aquel deseo, no podía arriesgarme a perderle por un simple parpadeo.
Fijé mis ojos en su piel bronceada, en aquella piel de chocolate y caramelo que me habría servido de alimento durante el resto de mis días, y alcé mi mano a lo largo de su columna vertebral hasta rozar su nuca con la yema de mis dedos. Un estremecimiento recorrió su espalda, erizando el vello de sus brazos, y como una corriente eléctrica que se hubiera propagado a través de mis dedos, aquel estremecimiento contagió todo mi cuerpo haciéndome temblar. Solo un segundo.
Sonreí inconteniblemente y dejé que mi brazo rodeara su torso para acercarme más a él. Deslicé mi nariz por su hombro y me sorprendí a mí misma intentando disimular la profunda inspiración con la que pretendía inundarme de su tímido aroma. Presioné mis labios contra su hombro y alargué deliberadamente aquel beso, sintiendo como cada milímetro de mis labios presionaba una porción distinta e individual de su piel.
Él abrió los ojos e inclinó la cabeza hacia mí, dejando que nuestras miradas se encontraran finalmente. Sus ojos eran como el reflejo de los míos, del mismo color chocolate y con el mismo brillo que solo puede ser provocado por la plenitud de la felicidad. Sus dedos se abrieron paso a través de mi pelo hasta que rozaron suavemente mi nuca. Sus respiración se mezcló con la mía mientras nuestros labios se acercaban lenta y peligrosamente, y cerré los ojos rindiéndome a su beso, anhelando aquellos labios que tanto había echado de menos.
Y entonces, se desvaneció. Creí que me había dado cuenta de mi error lo suficientemente rápido. Pero no fue así.
Abrí los ojos desesperadamente, suplicando internamente porque él siguiera allí, porque aquellos ojos siguieran mirándome y aquellos labios esperándome. Pero él ya no estaba. Yo misma lo había hecho desaparecer. Y a mi alrededor solo pude sentir el tacto helado de las sábanas, el frío de una noche de noviembre, y la soledad en la que me sumergía diariamente intentando encontrar un reposo que el sueño dificilmente podía ofrecerme...
sábado, 28 de noviembre de 2009
martes, 10 de noviembre de 2009
El Gris
Se ha despertado un día gris. Y no hablo de mi día, si no del día en sí: del cielo, del color de las calles, de las ropas de la gente, de como caminan deprisa aunque nadie les espere. Es cosa del frío.
Si hablara de mi día, debería decir que el color gris se está cocinando a fuego lento. Su piel empieza a estar chamuscada, y ha abandonado el suave gris de las calles para convertirse en un matiz oscuro y desagradable. Pero, obviamente, no ha llegado a su peor momento. El fuego seguirá cocinándolo poco a poco hasta volverlo negro, un negro tan intenso como el de la noche. La esencia original de noche, ya que en la ciudad, las noches no son negras. Jamás lo han sido. Quizá no os hayais fijado nunca, pero en la ciudad, incluso a las tres de la madrugada el cielo adquiere un ligero tono azul eléctrico. Y las calles son claramente naranjas...
¿Por dónde iba?... Ah sí, la cocción del gris... Pues bien, tras adquirir ese negro intenso, seguramente, el fuego no le de tregua aún. El fuego es curioso, y probablemente continúe calentándolo poco a poco hasta que en su piel aparezcan unas pequeñas ampollas que se llenarán de un líquido espeso y amarillento. Cuando estallen liberando esa sustancia, el gris sentirá el dolor más agudo que jamás haya experimentado. Querrá huir de ese dolor, deseará fervientemente que desaparezca de una vez por todas. Pero no desaparecerá, pues ese dolor habrá pasado a formar parte de él, de su esencia. Y el gris solo podrá sentarse a sufrir su dolor en silencio mientras espera a que el fuego haga lo propio y lo consuma finalmente, haciendo desaparecer el dolor, e incluso a él mismo.
Pero no importa. No importa lo que le pase a el gris. Lo único que importa es que el fuego no sufrirá daño alguno... ¿no?
Si hablara de mi día, debería decir que el color gris se está cocinando a fuego lento. Su piel empieza a estar chamuscada, y ha abandonado el suave gris de las calles para convertirse en un matiz oscuro y desagradable. Pero, obviamente, no ha llegado a su peor momento. El fuego seguirá cocinándolo poco a poco hasta volverlo negro, un negro tan intenso como el de la noche. La esencia original de noche, ya que en la ciudad, las noches no son negras. Jamás lo han sido. Quizá no os hayais fijado nunca, pero en la ciudad, incluso a las tres de la madrugada el cielo adquiere un ligero tono azul eléctrico. Y las calles son claramente naranjas...
¿Por dónde iba?... Ah sí, la cocción del gris... Pues bien, tras adquirir ese negro intenso, seguramente, el fuego no le de tregua aún. El fuego es curioso, y probablemente continúe calentándolo poco a poco hasta que en su piel aparezcan unas pequeñas ampollas que se llenarán de un líquido espeso y amarillento. Cuando estallen liberando esa sustancia, el gris sentirá el dolor más agudo que jamás haya experimentado. Querrá huir de ese dolor, deseará fervientemente que desaparezca de una vez por todas. Pero no desaparecerá, pues ese dolor habrá pasado a formar parte de él, de su esencia. Y el gris solo podrá sentarse a sufrir su dolor en silencio mientras espera a que el fuego haga lo propio y lo consuma finalmente, haciendo desaparecer el dolor, e incluso a él mismo.
Pero no importa. No importa lo que le pase a el gris. Lo único que importa es que el fuego no sufrirá daño alguno... ¿no?
Apertura precipitada
Y en principio desprovista de sentido. Todo aquello que no hacemos por motu proprio debería ser incondicionalmente desechado de nuestro índice de intenciones diario. De esta forma viviríamos exclusivamente por y para nosotros mismos. Lo demás se convertiría automáticamente en ajeno y por tanto, insignificante. Pero enajenar todo aquello enajenable no es una tarea sencilla. Y si hay algo hacia lo que el ser humano, de una forma u otra, se acaba inclinando, ese algo es sin duda la comodidad. Por ello esta apertura precipitada. Porque en este caso, lo más cómodo, ha sido caer en la influencia ajena y por tanto abandonar el motu proprio. No he decidido yo crear un espacio bautizado como "Diaro Unilateral". Lo ha decidido todo aquel y/o aquello que a día de hoy no me ha permitido enajenar lo enajenable. Tal vez lo haga desde aquí, pese a que, quizá, todo elemento enajenable jamás llegue a tomar conciencia de ello...
Lo cierto es que simplemente quería decir que, si por casualidad caeis aquí, sed bienvenidos.
Lo cierto es que simplemente quería decir que, si por casualidad caeis aquí, sed bienvenidos.
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