Se ha despertado un día gris. Y no hablo de mi día, si no del día en sí: del cielo, del color de las calles, de las ropas de la gente, de como caminan deprisa aunque nadie les espere. Es cosa del frío.
Si hablara de mi día, debería decir que el color gris se está cocinando a fuego lento. Su piel empieza a estar chamuscada, y ha abandonado el suave gris de las calles para convertirse en un matiz oscuro y desagradable. Pero, obviamente, no ha llegado a su peor momento. El fuego seguirá cocinándolo poco a poco hasta volverlo negro, un negro tan intenso como el de la noche. La esencia original de noche, ya que en la ciudad, las noches no son negras. Jamás lo han sido. Quizá no os hayais fijado nunca, pero en la ciudad, incluso a las tres de la madrugada el cielo adquiere un ligero tono azul eléctrico. Y las calles son claramente naranjas...
¿Por dónde iba?... Ah sí, la cocción del gris... Pues bien, tras adquirir ese negro intenso, seguramente, el fuego no le de tregua aún. El fuego es curioso, y probablemente continúe calentándolo poco a poco hasta que en su piel aparezcan unas pequeñas ampollas que se llenarán de un líquido espeso y amarillento. Cuando estallen liberando esa sustancia, el gris sentirá el dolor más agudo que jamás haya experimentado. Querrá huir de ese dolor, deseará fervientemente que desaparezca de una vez por todas. Pero no desaparecerá, pues ese dolor habrá pasado a formar parte de él, de su esencia. Y el gris solo podrá sentarse a sufrir su dolor en silencio mientras espera a que el fuego haga lo propio y lo consuma finalmente, haciendo desaparecer el dolor, e incluso a él mismo.
Pero no importa. No importa lo que le pase a el gris. Lo único que importa es que el fuego no sufrirá daño alguno... ¿no?
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