lunes, 12 de julio de 2010
Sencillamente...
El cansancio en agotamiento.
Y el agotamiento, en rechazo.
viernes, 9 de julio de 2010
domingo, 4 de julio de 2010
Androide.
Una vez conocí a un androide. En un principio la mala reputación que aquella palabra había adquirido a lo largo de los años en mi mente pareció no tener ninguna importancia. Era como si la idea de androide que se había establecido en mi conciencia desapareciera, ya que aquel ser era todo lo contrario a lo que había esperado. Era dulce, cariñoso, risueño y picante. Sus ojos no eran fríos y calculadores como había imaginado, si no llenos de historia y fuego, al igual que sus labios…
El caso es que aquel enorme androide, de una forma u otra, me gustaba; dejé que me abrazara con sus largos y fuertes brazos que podrían haber dado varias vueltas a mi cuerpo, y, por alguna extraña razón, me sentí cómoda en su pecho. El androide habló y su voz retumbó en mi mente aturdiéndome por completo. No estaba segura de si era su voz o sus palabras, o tal vez la combinación de ambas, pero casi sentí como podía fundirme en él, embriagada de una nueva confianza que jamás había sentido con anterioridad, como si todo hubiera o hubiese adquirido un nuevo sentido con la aparición del apuesto androide.
Pero de pronto sus brazos se tensaron con una fuerza aplastante, un gruñido se escapó de su garganta y, al levantar la vista, pude ver dos hileras de puntiagudos y putrefactos dientes que, sustituyendo de forma incomprensible a su preciosa y falsa dentadura, amenazaban directamente a mi cuello. Intenté zafarme de su abrazo mortal, pero cuanto más me retorcía, más se estrechaba aquella jaula a mi alrededor.
-Suéltame… -jadeé luchando por liberarme. Tenía que liberarme… - ¡Suelta!
-No –esta vez su voz sonó áspera, eléctrica y helada. Sus puños se cerraron en torno a mi cráneo, tirándome del pelo y obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus dientes estaban a escasos centímetros de mi garganta, y yo solo podía pensar en que no quería morir… no quería…
-¡¡Que me sueltes!! –conseguí gritar a la vez que apoyaba mis manos en su pecho y le empujaba con todas mis fuerzas hacia atrás, consiguiendo tan solo que retrocediera medio metro-. No me toques. No soy tuya.
-No soy tuya –repitió el androide mirándome fijamente a los ojos. Se inclinó ante mí en una pronunciadísima reverencia y, dándome la espalda, echó a caminar lentamente, alejándose de mí hasta que la oscuridad lo absorbió.
Después de aquello, el tiempo pasó, y un profundo terror se instaló en mi pecho. Un auténtico pavor a que el androide volviera a buscarme y me encontrara. Pero yo no era suya, la oscuridad se lo había tragado, y nunca más volví a saber nada de él.