La paciente número 8 me había avisado de que aquello iba a doler. Unos años antes, y por circunstancias muy distintas a las mías, ella se había sometido al mismo tratamiento al que yo me enfrentaba en aquel momento.
-Sí, es doloroso -me había dicho después del almuerzo. Frente a ella, el paciente número 18 negó rotundamente con la cabeza-. Pero obviamente, sobrevivirás.
La paciente número 8 se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la partida de ajedrez. Me levanté dejándolos frente al tablero y crucé el pasillo que conducía a la Sala B. Si tenía que someterme a ello tarde o temprano, ¿para qué seguir alargándolo?
Nunca antes había hablado con el paciente número 18, pero de repente quería confiar en su testimonio gestual más que en el de cualquier otra persona.
La puerta de la Sala B era estrecha y estaba bastante deteriorada, pero aún así, probablemente fuera la mejor insonorizada de todo el centro. Apreté las mandíbulas y abrí la puerta. Una suave luz blanca emanaba del interior de la sala, y como si aquello me reconfortara, crucé la puerta con total confianza.
-Buenas tardes, número 9 -me saludó la voz del Doctor 12 desde el fondo de la sala-. Siéntate en la camilla azul.
Obedecí y me encontré frente a una pequeña máquina negra y plateada. En ella habían acoplado un cilindro lleno de pequeñas agujas perfectamente alineadas. En dicho cilindro había un solo código grabado: 1203RL. Me pregunté qué significaría.
El Doctor 12 cogió mi mano derecha y la apoyó sobre una plancha de helado acero, justo bajo el cilindro de agujas. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero algo me impedía moverme de allí.
-Relájate... -me dijo en un susurro casi imperceptible, a la vez que ponía en marcha la máquina. Un sonido chirriante se adueñó de la sala entera, y volví a apretar las mandíbulas, esta vez con más fuerza.
Y entonces noté el primer pinchazo. Fuerte, pero cálido. Breve, pero intenso en su brevedad. Y sonreí a la imagen del paciente número 18 que cruzó por mi mente, justo antes de abandonarme al placer.