lunes, 27 de septiembre de 2010

El último cumpleaños de Analin Andrews.

El día en que Analin cumplía ochenta y un años amaneció un cielo tan despejado como el de las últimas doce mañanas de aquel cálido y pausado mayo de 1972. La pianista se despertó envuelta en una reconfortante sensación de que aquel día, a diferencia de sus anteriores ochenta y un cumpleaños, nadie la visitaría ni la incomodaría con sus forzadas felicitaciones y sus regalos adquiridos bajo el compromiso. Prefería no ver ni hablar con nadie, y disfrutar del día de su cumpleaños en compañía de su piano, al igual que el resto de sus días. Como cada mañana, lo primero que hizo al levantarse fue sentarse a tocar La Fille Aux Cheveux De Lin de Debussy, su canción favorita. Pero apenas se hubo sumergido en las primeras notas cuando las oxidadas visagras de la puerta de su habitación anunciaron la desagradable visita. Como cada año, Helbert irrumpió en su casa sin pedir permiso, llevando entre sus manos el mismo paquete rectangular y pesado de cada diecinueve de mayo.

-Otra vez no, Helbert -suplicó Analin dejando de tocar.
-Claro que sí, querida -replicó el encorvado y andrajoso anciano. Sus ojos hundidos y amoratados y su rostro surcado de arrugas no disimulaban las cicatrices que atravesaban la piel de sus mejillas-. Como cada año, mi pequeña Analin.

La mujer se levantó y se acercó a él con temor. Una lágrima se deslizó hasta su labio inferior, que casi había desaparecido tras su piel de pergamino.

-Este será mi último año de vida Helbert, ambos lo sabemos -el hombre cerró los ojos y asintió una sola vez-. No me obligues a cogerlo, esta vez no, es mi último año de vida.
-Así es como debe ser Analin, tómalo ¿quieres? -Helbert extendió sus brazos hacia Analin y ella, con manos temblorosas, cogió la caja de madera negra y dorada-. Ábrelo. Ahora, por favor -ordenó Helbert.

Las lágrimas se multiplicaron en los ojos de Analin, y cerrándolos, la anciana abrió la tapa de la caja. Como cada año, la enorme cantidad de tristeza que almacenaba la pequeña urna rectangular se desbordó por toda la habitación, y una vez más Analin se sorprendió al ver la infinita masa de tristeza que podía llegar a contener el pequeño recipiente. El sol pareció apagarse, al igual que la luz interior de la mujer, y la tristeza volvió, como cada año, a llenar cada rincón de Analin y de su habitación.

-Feliz cumpleaños, querida mía. Feliz cumpleaños -susurró Helbert y desapareció por la puerta, dejando a Analin sumida en el llanto.

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