lunes, 27 de septiembre de 2010

Lluvia inesperada.

Elio consiguió relajarse por fin cuando dejó caer su cuerpo sobre el sillón de su casa. Parecía mentira lo que había vivido los últimos días y tenía la impresión de que, mientras toda su esperanza se centraba en que los minutos pasaran deprisa, había caminado de puntillas sobre todo aquello en lo que se había mantenido ocupado. Su memoria tenía amplias lagunas de las que no se preocupaba lo más mínimo, pues sabía que las últimas setenta y dos horas de su vida habían estado protagonizadas por una destacada monotonía.

Pero había algo que recordaba claramente y de lo que ahora no podía evitar reírse. La segunda mañana, y sin previo aviso, unas fuertes explosiones comenzaron a retumbar a su alrededor de forma incontrolada. En un primer momento Elio pensó que los huéspedes que habitaban tras su pared estarían sumergidos en unas intensas, aunque no por eso insólitas, obras. Pero el ruido aumentó, y lo hizo hasta tal punto que aquellos fortísimos estallidos empezaron a incomodarlo e incluso a asustarlo. Sentía el suelo temblar bajo sus pies y su estómago vibraba con cada nueva sacudida. Y de pronto, de varios metros por encima de su cabeza, una lluvia de rocas se desencadenó como si todo el edificio se manifestara ante tal estruendo.

Sentado en su sillón azul, Elio soltó una carcajada al recordar el terror repentino que se había apoderado de él en cuanto cayó la primera piedra, y cómo se precipitó hacia la salida pidiendo con voz temblorosa que alguien, urgentemente, pusiera fin a aquello. Y se burló de sí mismo al pensar en la covardía que había mostrado ante miles de enormes rocas que ahora, pensándolo en frío, se habían reducido a un par de piedrecitas extraviadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario