miércoles, 6 de abril de 2011

Azul chocolate.

Recojo montones de ceniza con mis manos, intento aplastarlos y crear un cubo compacto con ellos aun sabiendo que solo conseguiré tiznarme la piel. Pero me gusta hacerlo. Creo que debería lavarme las manos…

Y mientras, recordaré la noche en que me salvó. Siempre había creído que mi salvador sería un pintor, músico o escritor. Quizá simplemente una buena amiga. Lo que nunca había alcanzado a imaginar era que mi salvadora sería una serpiente.

De vez en cuando nuestra piel se cae. Para ella es natural, pero a mí me produce un dolor punzante, casi espasmódico. Y no puedo gritar, solo apretar las mandíbulas y esperar a que pase… que pase pronto. Y cuando se marcha lo echo de menos, y deseo recuperar mi piel para volver a perderla de la misma forma.

Mi pequeña serpiente se ríe de mí. Se enrosca en mi cuerpo y me llama estúpida. Siempre me hace sonreír. Cuando mi piel se cae ella recoge los pedazos y los guarda en una pequeña urna, para mostrármelos cuando me olvido de ellos y obligarme a entender que era algo insignificante comparado con el dolor que me había provocado.

Yo solo puedo asentir y sonreír. Ella quiere ayudarme, pero a veces desearía tanto que pudiera sentir el cambio de piel de la misma forma que lo siento yo. Solo así podría comprenderlo, solo así podría entender que realmente duele. Quisiera haber nacido con su misma suerte y poder ignorar cada vez que una parte de mí se desprende.

Y aún así solo puedo darle las gracias por enroscarse sobre mí y permanecer así hasta que el último milímetro de mi piel ha caído, y entonces sonríe conmigo y me libera ligeramente de su presa con una suave caricia. Y, una vez más, el proceso vuelve a comenzar.

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